La gestión es uno  de los grandes mitos que habitan el corazón de la cooperación internacional al desarrollo. Los modelos de gestión y planificación utilizados en las organizaciones que trabajan en cooperación llevan implícita la creencia de que el cambio social puede ser diseñado y controlado a través de las lógicas de la “gestión”. De hecho,  muchos de los expertos en cooperación creen en la idea de que los países “pobres” pueden discurrir en el camino “unidireccional” del progreso a través de una buena planificación y gestión de los programas de desarrollo.

En la antropología del desarrollo, sin embargo, existe el consenso de que el tipo de conocimiento que las agencias de cooperación promueve (categorías universales y por tanto descontextualizadas), es a su vez un conocimiento que margina su vinculación  con el contexto, con la cultura y con la  historia local. Esta tensión crea la famosa fractura entre discurso y práctica en el desarrollo y es este el tema en el que quiero ahora adentrarme.

Las agencias de cooperación utilizan una herramienta que de forma “lógica” combina todos los elementos que definen el proyecto.  Como sabemos, esta herramienta se llama  “marco lógico” y fue creada para mejorar la calidad de las inversiones sociales. Hoy, su uso generalizado, lo ha constituido en la lengua franca de la comunidad internacional del desarrollo. Se trata de un instrumento que ayuda a sintetizar en una sola matriz los objetivos, resultados (definidos estos por indicadores cuantitativos), actividades, recursos y coste del proyecto, todo en un periodo de tiempo determinado de ejecución. Esta matriz lógica es el corazón de todo proyecto de cooperación. Dicho de otro modo, los proyectos son construidos conforme a esta metodología linealmente orientada a la consecución de un objetivo. Sin embargo, para la antropología del desarrollo, esta matriz hace del proyecto un punto en el espacio obviando, silenciando, el contexto estructural y cultural en el que se inserta.

Los cooperantes, los expertos “expatriados” del desarrollo, son los garantes de que este modelo manufacturado en la factoría del desarrollo sea “sostenible”, ya que son ellos los que, por un lado, trasladan esas matrices “foráneas”  a la vez que, de forma muy sutil, silencian el contexto local. David Mosse (2005) sugiere que el experto en cooperación trabaja precisamente ocultando las vinculaciones con el contexto histórico y social, enterrando las prácticas de la gente del área rural e insertando sus representaciones expertas en la matriz del proyecto (el “marco lógico”). Es precisamente el mundo de estas representaciones con forma de matriz el que es gestionado en las agencias de cooperación.

Esto hace que las prácticas documentales producidas en cooperación, es decir, las propuestas de los programas, los informes finales de los proyectos e incluso los documentos  de evaluación sean relatos creados no tanto para iluminar una determinada situación de cambio social sino para asegurar la inserción de la matriz en el existente flujo de información de la industria de la cooperación. Como dice Escobar (1995), se trata de un proceso autorreferencial. Y lo es porque es solo a través del proceso de estas prácticas documentales que se accede a los fondos que financian los proyectos. Por tanto, sus “expertos”, sus planificadores, se convierten en intermediarios que median la relación entre las aldeas, sus matrices y las agencias internacionales. Como señala Mosse (2005), más que nunca, el desarrollo internacional trata de generar consenso sobre marcos que vinculan financiación con resultados, dejando de lado la práctica local que habita detrás de dichos marcos. Estas prácticas documentales ejecutadas por los expertos de cooperación son fundamentales a la hora de entender las razones que producen la fractura entre discurso y práctica en el ámbito del desarrollo internacional.

«Más que nunca, el desarrollo internacional trata de generar consenso sobre marcos que vinculan financiación con resultados, dejando de lado la práctica local que habita detrás de dichos marcos.»

David Mosse

Acciones en Filipinas de la Fundación Allegro Slider2
Manobo Matig-Salug de Budiknon, en la isla de Mindanao (Filipinas)

Para integrar a los “beneficiarios” en las matrices de gestión e intentar reducir dicha fractura, se utilizan las técnicas y enfoques participativos. Y su empleo en el ámbito de la cooperación, ha construido el segundo mito que quiero tratar. En 1993 Chambers publicó “Desarrollo Rural; poniendo a la gente primero”. Con él, el autor logró  instaurar las evaluaciones rurales participativas (conocidas como PRA, del inglés Participatory Rural Assessment), en los proyectos de cooperación. En principio, fue un paso adelante. Metodológicamente se trata de la conjunción de una serie de técnicas cualitativas (entrevistas abiertas y semi-estructuradas, mapas conceptuales, recogida de glosarios, diseño de cartografías) aplicadas normalmente en un muy corto periodo de tiempo. El objeto último es intentar revertir los enfoques desarrollistas jerárquicos de arriba abajo, pavimentar la fractura entre teoría y práctica, poniendo a la “gente primero” a través de su participación, incluyendo el conocimiento local (Perez, 2012).

Fueron muchas las críticas hechas a esta metodología por parte de la comunidad de antropólogos. Como señala Olivier de Sardan (2005): “¿Cómo un puñado de técnicas cualitativas, de asombrosa simplicidad metodológica, en el marco de unos pocos días, puede desenterrar los factores políticos, económicos, culturales relevantes del contexto social local donde el proyecto se va a ejecutar?”

Sin embargo, a pesar de las críticas, con los años este enfoque se convirtió en una piedra angular del discurso desarrollista y, en términos de práctica, en un ritual que esconde un juego complejo de humos, máscaras y espejos. “A través de las técnicas participativas, los hombres de más influencia pueden movilizar la participación de tal forma que adquieran un apoyo público que fortalezca sus intereses privados, los cuales ellos tienen la autoridad de representar como necesidades de la comunidad. Las técnicas convencionales de PRA —representadas en sesiones plenarias, tienen como resultado generalizaciones y consensos tales como “nosotros pensamos… nosotros queremos”— ocultan el conflicto y presentan el silencio como consenso…” (Mosse, 2005).

Así, este tipo de técnicas facilita la prevalencia de las perspectivas dominantes en el ámbito local, un proceso que la maquinaria de la cooperación incorpora como “conocimiento local” y “participación comunitaria”. Sin embargo, estos leves ejercicios participativos fallan en capturar la diversidad de voces e intereses de una comunidad dada para conformarse con la visión dominante. Coincido con Clammer (2003) cuando apunta que la participación no ha significado un proceso de empoderamiento de la gente para definir objetivos, sino más bien, al final, ha resultado ser un uso estratégico del conocimiento local en el marco de unos objetivos previamente definidos.

Desde esa misma perspectiva crítica, hemos de plantearnos hasta qué punto el nuevo mito participativo, actuando como un caballo de Troya, puede terminar sustituyendo por una clase sutil de participación teleguiada o centralmente organizada las viejas formas de participación intransitiva o culturalmente definida, propia de las sociedades vernáculas.

Para terminar con esta breve cartografía, el profesional de la cooperación, el “experto”, el cooperante, no ha sido formado para desplegar técnicas participativas reales, de cierto calado, ya que este lleva implícito un conocimiento antropológico que hoy en día no figura en los módulos de formación que las agencias y organizaciones ofrecen a sus empleados.

Así, al final, como resultado de todos estos vínculos entre gestión, participación, entre discurso y práctica, el cooperante acaba no tanto por facilitando un encuentro cultural entorno al proyecto de desarrollo sino más bien que imponiendo una de sus versiones.

Resumiendo. Si tenemos en cuenta la omisión del contexto cultural e histórico, el vacío detrás del mito de la gestión, los déficits de formación de los “expertos” como interlocutores y facilitado-res, el fraude de la participación de los beneficiarios en el proyecto, la ausencia del conocimiento local, uno tiene la sensación, como apunta Posey (2002), de que los expertos de las agencias de desarrollo al final trabajan bajo la filosofía de esa antigua doctrina colonial del terra nullius (tierra vacía). Es, en definitiva, como si ese mito de la gestión planificada y controlada le hubiera robado a la gente y al contexto local su protagonismo en el desarrollo de su tierra.

Bibliografía

  • Clammer, John (2003) Beyond the cognitive paradigm: majority knowledge and local discourses in a non-western donor society”, en Sillitoe, P., Bicker, A. y Portier, J., Participating in Development; Approaches to Indigenous Knowledge. Londres, Routledge.
  • Chambers, Robert (1993) Rural Development: Putting the last first, Nueva York, Longman Scientific & Technological y Hohn Wiley & Sons, Inc.
  • Escobar, Arturo (1995) Encountering Development: The Making and Unmaking of The Third World, New Jersey, Princeton University Press.
  • Eyben, Rosalind (2013), Uncovering the politics of ‘evidence” and “results”. A framing paper for development practitioners. [Disponible en: www.bigpushforward.net].
  • Moose, David (2005), Cultivating Development: An ethnography of aid policy and practice, London, Pluto Press.
  • Narros Lluch, Andrés (2016), La Comedia de la Cooperación Internacional; Historias Etnográficas del desarrollo en la Isla de Camiguin (Filipinas). Madrid, Catarata e Instituto Universitario de Desarrollo y Cooperación
  • Olivier De Sardan, Jean-Pierre (2004), Anthropology and Development: Understanding contemporary social change, Londond, Zed Books.
  • Pérez Galán, Beatriz (2012), Antropología y desarrollo. Discursos, prácticas y actores, Madrid, Catarata e Instituto Universitario de desarrollo y cooperación.
  • Posey, Darrel (2002) Upsetting the sacred balance: can the study of indigenous knowledge reflect cosmic connectedness?, en Sillitoe, P., Bicker A. y Portier, J. (eds.), Participating in Development: Approaches to indigenous knowledge, London, Routledge.